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viernes, marzo 15, 2013

Equilibrio emocional y responsabilidad moral del docente


La Calidad Educativa es un concepto que admite diversos sentido, y múltiples dimensiones, una de ellas es la relativa al docente ¿Cuáles deben ser sus características? ¿Qué sentido tiene el “Optimismo del docente”? ¿Cuál es el valor del equilibrio emocional? ¿Cuál es la responsabilidad que le cabe al docente?


En los procesos de reforma de la educación, es muy frecuente concentrar interés y recursos en reformar los planes de estudio, entendiendo por tal las asignaturas a impartir en el currículo, los programas y la selección de los contenidos, dada la acumulación progresiva de los conocimientos. Pero en los procesos de enseñanza–aprendizaje, además de los contenidos, no es menos importante la forma de enseñarlos y aprenderlos, los procedimientos y la metodología. Estas formas de aprender son estrechamente dependientes de las formas de evaluar. Este saber cómo o conocimiento procedimental es tan necesario cómo el saber qué o conocimiento declarativo, especialmente en la vida profesional y personal.

Los profesores dedicamos gran parte de nuestro tiempo y energía a ampliar nuestros conocimientos de la asignatura para estar al día, a preparar las clases. Cada curso procuramos mejorar los materiales, esquemas, gráficos, problemas, incluso organizamos seminarios, grupos de discusión, sesiones interactivas, estudios de casos, etc. Procuramos suscitar y mantener la atención e interés de nuestros alumnos en la clase, lamentamos que tras tanta inversión en tiempo y recursos a la tarea docente los resultados sean tan limitados. Seguimos instalados en los supuestos tradicionales de que basta con enseñar bien los contenidos para que el alumno los aprenda. Pero el alumno aprende cuando la información le interesa, es significativa cognitiva y emocionalmente, conecta con preocupaciones personales o profesionales, con las demandas de la realidad fuera del aula, y se compromete con su propio proceso de formación. Las competencias para un aprendizaje autónomo y continuo a lo largo de la vida es un tipo de aprendizaje procedimental que exige práctica y no sólo clases magistrales de conocimiento declarativo.

El objetivo prioritario de la educación debe ser capacitar a sus alumnos para el mayor desarrollo personal y ello requiere conocimientos, sentimientos y comportamientos responsables y solidarios. Los conocimientos y procedimientos, las memorias declarativas y procedimentales que un profesor tiene sobre su especialidad no se transfiere a la mente de sus alumnos con solo explicarlas en clase, aunque sea de la forma más atractiva y estimulante imaginable. El estudiante aprenderá si asimila los conocimientos, los hace suyos, los integra, los experimenta relevantes en su vida personal y profesional, los utiliza para identificar y resolver problemas.

La profesión de profesor exige, según hemos comentado, conocimientos de distintas ciencias y saberes, además de un dominio en habilidades y técnicas para enseñar lo que se sabe. Pero ser profesor requiere unas competencias o disposiciones más básicas o fundamentales: valores, actitudes y aptitudes necesarias para potenciar el desarrollo personal de los alumnos. Y el desarrollo personal de los alumnos es un desarrollo integral, por cuanto comprende un desarrollo moral, además de desarrollo cognitivo, afectivo y social. Para propiciar tal desarrollo en los alumnos es preciso que el profesor cuide especialmente su desarrollo personal, su equilibrio emocional y su integridad moral.

No hay acuerdo en los investigadores en cuanto a la calificación como competencias de estas disposiciones básicas del profesor. Para unos, el desarrollo personal, equilibrio emocional y responsabilidad moral son las competencias fundamentales de los profesores, sobre las que se articulan todas las demás competencias. Desde otros planteamientos se opta por considerarlas como disposiciones básicas, rasgos de carácter y personalidad, absolutamente prioritarias en el buen profesor, pero que no se deben considerar estrictamente como competencias.

Procurar el propio equilibrio emocional, bienestar, la satisfacción con la profesión, incluso la felicidad, es condición vital para el profesor. Es difícil, dadas las condiciones conflictivas del ejercicio profesional y las múltiples causas de malestar para el docente. Pero si el profesor está comprometido en promover el desarrollo personal de los alumnos, ello implica tener presentes todas las dimensiones de su mente: cognitivas, emocionales y morales; es decir, el desarrollo mental y bienestar y del alumno. Tales metas solo se pueden plantear desde las mismas vivencias en el profesor.

Si bien como ciudadanos tenemos derecho a verlo todo de color negro, como profesores, como educadores no nos queda más remedio que ser optimistas. La enseñanza presupone el optimismo tal y como la natación exige un medio líquido para ejercitarse. Quien no quiera mojarse debe abandonar la natación; quien sienta repugnancia hacia el optimismo, que deje la enseñanza. Porque educar es creer en la perfectibilidad humana, en la capacidad innata de aprender y en el deseo de saber que la anima, que hay cosas como valores, símbolos, técnicas, hechos que pueden ser sabidos y que merecen serlo, que los hombres podemos mejorarnos unos a otros por medio del conocimiento. De todas estas creencias optimistas puede uno muy bien descreer en privado, pero en cuanto intenta educar o entender en qué consiste la educación, no queda más remedio que aceptarlas. Con verdadero pesimismo puede escribirse contra la educación, pero el optimismo es imprescindible para estudiarla y ejercerla..

El objetivo principal de la educación es promover el desarrollo personal de los alumnos, en todas sus capacidades mentales: cognitivas, afectivas, morales y sociales, en la confianza y expectativa optimista de conseguir, además de vidas personales más realizadas, una sociedad cada vez más justa, solidaria y feliz. Estas metas educativas requieren necesariamente valores y actitudes personales en el profesor: satisfacción con su quehacer, equilibrio emocional, autonomía intelectual, compromiso moral.

El compromiso del profesor, su responsabilidad fundamental, está en disponer y proporcionar a todos sus alumnos los recursos y oportunidades más idóneas para que puedan asimilar los diversos tipos de aprendizajes, consciente de que el propio alumno es el responsable principal de su propia formación. Cuando hablamos de proporcionar para todos sus alumnos las mejores condiciones y oportunidades queremos resaltar justamente la disponibilidad para todos y cada uno de los alumnos: los que van bien con los aprendizajes, y aquellos que presentan dificultades y necesitan de apoyos especiales, bien por discapacidad mental, trastorno de conducta, dificultades de aprendizaje o están más desprotegidos y vulnerables en contextos familiares de riesgo o pertenecen a minorías culturales, como los inmigrantes.

Cuando mencionamos los diversos tipos de aprendizajes nos referimos a los aprendizajes de los conocimientos propios de las diferentes materias y áreas disciplinares; pero también a los aprendizajes de procedimientos y estrategias; los aprendizajes para la convivencia, para el desarrollo personal, cognitivo, afectivo, moral y social; los aprendizajes para desarrollar la autonomía y la autodisciplina y el equilibrio emocional. Lo que anteriormente sintetizamos como: aprender a conocer, querer, sentir, hacer, convivir, ser, y aprender sobre el conocer, querer y sentir.

Ciertamente el profesor no tiene en exclusiva la responsabilidad de la educación y aprendizajes de los alumnos. Está el mismo alumno con su responsabilidad ante la propia formación, la familia, la escuela y las administraciones. Pero esta responsabilidad compartida no puede ser la excusa para que el profesor no asuma su responsabilidad intransferible y se instale en sistemas de atribución distorsionados, según los cuales se apropia de todos los éxitos, atribuyendo los fracasos a agentes externos.

La complejidad de la función docente supone un gran esfuerzo continuado, una alta inversión de recursos mentales y personales que difícilmente se ven compensados con incentivos razonables. De ahí el profesor quemado, estresado, deprimido. Es preciso que el profesor se cuide a sí mismo si quiere ser agente para el desarrollo de otras personas. El ajuste personal, equilibrio emocional, bienestar, son condiciones personales necesarias para una buena práctica profesional.

Sentirse comprometido con un proyecto personal que se estima valioso, verse con recursos y competencias para afrontarlo, valorar logros y éxitos razonables en su quehacer, son componentes de la vivencia de bienestar y hasta de felicidad, que en cierta medida y en determinados tiempos, al menos, han de estar presentes en la profesión docente. Se pueden diferenciar tres tipos de orientaciones laborales: un trabajo, una carrera y una vocación. Un trabajo sirve para cobrar un sueldo a final de mes y es un medio para lograr otros fines. No se espera de él otro tipo de compensación. Una carrera implica una inversión profesional más profunda; si bien conlleva retribución económica, también implica otros incentivos y gratificaciones como estima y consideración social, prestigio, poder. La vocación es un compromiso apasionado con el trabajo por su valía. Las personas con vocación consideran que su labor contribuye al bien general, algo que transciende al individuo. Tradicionalmente se ha reservado tal calificación para profesiones como la religión, medicina, derecho y la educación. Pero cualquier trabajo puede convertirse en una vocación, y cualquier vocación en un trabajo.

Promover estados mentales de bienestar y felicidad es el propósito de la Psicología Positiva, que se orienta a desarrollar las potencialidades y fortalezas humanas que nos permiten aprender, disfrutar, ser alegres, generosos, solidarios, optimistas. Seligman finaliza su libro sobre la autentica felicidad afirmando que una vida plena y significativa consiste en experimentar emociones positivas respecto al pasado y al futuro, disfrutar de los sentimientos positivos procedentes de los placeres, obtener numerosas gratificaciones de nuestras fortalezas características y utilizar éstas al servicio de algo más elevado que nosotros mismos para encontrar así un sentido a la existencia.

Un buen profesor, un profesor competente ha de disfrutar de una relativa satisfacción con y en su profesión. No es posible aspirar a una educación de calidad sin un estado de razonable bienestar personal. Estas vivencias y sentimientos positivos de equilibrio, de flujo, de felicidad dependen de múltiples variables intra y extra–profesionales. Juegan un papel crítico las experiencias vividas en otros contextos como el familiar, económico, social, amistad, ocio; los proyectos de vida, los valores y metas; la personalidad del profesor. Está también el momento en su ciclo vital y profesional, desde los años de antigüedad hasta las condiciones de salud.

En ocasiones las emociones negativas, las frustraciones acumuladas, los fracasos y desilusiones, tanto en la vida profesional como en la personal, apenas obstaculizan la razonable satisfacción en la actividad docente; como si el profesor hubiera sido capaz de elaborar una coraza protectora ante las condiciones tan adversas, y pudiera desarrollar una adaptación positiva a pesar del contexto de riesgo en el que se desenvuelve. El profesor sigue animoso, comprometido. Otros profesores, por el contrario, se desaniman, se desmoralizan, se vienen abajo, incapaces de afrontar con expectativas de éxito las condiciones conflictivas de su quehacer profesional. También en estos casos las variables extra– profesionales están muy presentes.



Autor: García García, Emilio.
Competencias éticas del profesor y calidad de la educación.
Dpto. Psicología Básica II Procesos Cognitivos Facultad de Psicología Universidad Complutense Campus de Somosaguas

miércoles, octubre 21, 2009

La escuela ha perdido su capacidad de agente educador

En Argentina, y supongo que en muchos otros lugares, mucho se habla de “Calidad Educativa”, sin cuestionarse mucho sobre lo que significa. “Calidad Educativa tiene muchos significados, y es fundamentalmente un concepto político, ya que afecta directamente los intereses de las personas y de los grupo.


Si bien esta temática está en el canderero, es poco frecuente que sea abordada por los medios de comunicación con la seriedad que se merece, como excepción a la regla, encontré un artículo en el diario La mañana, de Neuquén, Argentina, que hace un interesante aporte y lo reproduzco a continuación.

La escuela ha perdido su capacidad de agente educador”
Lo afirmó el historiador en Educación, Pablo Pineau, quien analiza los desafíos que enfrenta el sistema educativo en nuestro país.
“El sistema educativo tuvo una actuación narcisista que creía que el futuro de sus alumnos se jugaba en cada clase”, subrayó el especialista.

Neuquén > “Para abordar la escuela pública actual es necesario revisar el trabajo docente, no sólo en términos de empleo sino de la tarea que implica ser docente y esto implica también volver a pensar las funciones de la escuela”, sostuvo Pablo Pineau, especialista e historiador en Educación durante una entrevista con La Mañana de Neuquén. Actual presidente de la Sociedad Argentina de Historia de la Educación y profesor de la Universidad de Buenos Aires y en instituciones de formación y capacitación docente, Pineau estuvo el miércoles en esta ciudad donde brindó la conferencia “Debates en Educación en la segunda mitad del siglo XX”, organizada por la Unidad de Programas de Extensión de la Legislatura provincial, el Centro Único de Capacitación Educativa y Tecnológica (CUCEyT) y el Concejo Provincial de Educación (CPE).

¿Cuáles son los desafíos actuales de la educación?
Durante la conferencia plantee algunas líneas de análisis que tienen relación con resultados de investigación y trabajos de reflexión. La crisis del modelo fundacional de la escuela pública se acentuó en los años ‘90. Dentro del escenario político pedagógico aparecen como tres grandes respuestas, tres líneas de análisis. Por un lado, la defensa del canon fundacional actualizado que incluye volver al bachillerato enciclopedista y humanista con una currícula moderna y la universidad que rige desde la Reforma del 18. Otra línea que es la modernización excluyente que introdujo como parámetro la demanda del mercado y finalizó con la reforma neoliberal de los ‘90, donde prevaleció la política de exclusión social, un sistema educativo menos democrático, donde estarían presentes fuertemente las ideas autoritarias o, mejor dicho, discriminatorias. Y por último, lo que llamaríamos la modernización incluyente que propone reformar los elementos de inclusión social y fundar un nuevo modelo, cuya base es volver a tomar formas olvidadas como la educación rural, artística, inicial y de adultos y por otra parte considerar al docente trabajador y llevar prácticas concretas del aula. Lamentablemente la película no tuvo un final feliz porque triunfó el proyecto más excluyente.

¿Cómo seguir adelante ante este escenario?
Una reforma educativa profunda avanzando con un modelo de una sociedad más justa fue desapareciendo durante la dictadura. Actualmente creo que estamos saliendo, soy optimista de algunas políticas educativas, creo que existe una revisión pero todavía falta mucho.

¿Considera que los docentes perdieron en parte la idea de crear?
Más que de crear diría de la imaginación. Pero no podemos responsabilizar a los docentes. Los docentes perdieron esto como efecto de políticas educativas y no por decisión propia. La excelente pedagoga Silvia Serra plantea que además de la pregunta «¿qué podemos?», que siempre nos hacemos, los docentes deberíamos preguntarnos «¿qué queremos?, «¿qué es lo que uno puede hacer?». Uno de los grandes embates que hemos tenido es como los docentes dejamos de creer, no por una decisión propia sino por imposición. Y que la vida de los alumnos está jugada hagamos lo que hagamos. Tradicionalmente el sistema educativo tuvo una actuación narcisista, omnipotente, traducida en que todo docente creía que el futuro de sus alumnos se jugaba en cada clase. Esto sería complicado y peligroso de sostener. Uno observa que pasa lo contrario, los docentes afirman que hagan lo que hagan el futuro de sus alumnos está frenado. Me parece que sería importante poder recuperar algo de la capacidad de creer que como docente uno puede dejar y puede hacer en la vida de sus alumnos para que sea más justa y mejor.


¿La cuestión pasa por recuperar el optimismo?
El optimismo es fundamental. En los cursos de formación docente siempre les digo a mis futuros colegas: el día que nuestro trabajo no tenga más sentido que se dediquen a otra cosa. Si el docente pierde el optimismo nada tiene sentido. ¿Cómo incidió en la escuela el recurso y la utilización de las nuevas tecnologías?Creo que la pregunta que tendríamos que hacernos es ¿qué es lo que hay que enseñar hoy en las escuelas? Uno observa que la escuela ha perdido su capacidad de agente educador. Hoy la escuela compite, convive, fricciona, pelea, se relaciona y se subordina con otras formas educativas tanto más potentes como los medios de comunicación y las formas digitales. Esto es un elemento interesante para ver el mapa educativo de hace cincuenta años. La hegemonía escolar sigue estando.Respecto a las nuevas tecnologías, creo que uno de los grandes desafíos que la escuela tiene hoy es ser capaz de presentar una propuesta. Lo peor que puede hacer la escuela es subordinarse a las nuevas tecnologías pero sí establecer un diálogo.


¿Qué es lo que la escuela puede dar que no pueden dar otros medios?
La cuestión pasa por pensar qué es lo que los chicos pueden aprender en la escuela y que no pueden aprender en otros lados. La escuela tiene que poder dialogar con estas otras formas educativas y no subordinarse a ellas. Y esto está vinculado con cierto capital cultural, con el encuentro en los distintos, con la idea de tener los tiempos y pensar los proyectos. Son cosas que la escuela puede hacer y me animaría a decir que son las que solamente puede hacer la escuela. La escuela tiene que revisar estas cuestiones, qué es lo que sí puede hacer, qué es lo que puede plantear a los alumnos que no se pueden plantear en otros lados. No es ni mejor ni peor que otro, pero es lo que puede hacer y es legítimo y el único lugar para obtenerlo es la escuela. Y tener eso implica un horizonte mayor de derechos.


¿Qué reflexión le merece la actual formación docente?
La formación debe ser permanente porque el nivel de cambios y actualización de contenidos es total. El gran problema es la modalidad de la formación y capacitación que proponemos. Las capacitaciones son formas donde se recupera el saber docente. Tenemos que saber que la única forma no es que alguien viene y le enseña al docente sino que el docente pueda poner en juego sus saberes. Es fundamental que elaboremos formas de capacitación en donde los docentes entren en juego.


Repensar la educación
Consultado acerca de cómo repensar la educación, Pineau señaló que la escuela pública en nuestro país surgió a fines del siglo XIX como resultado de las ideas de la llamada Generación del ‘80 y que alcanzó su máximo crecimiento en las décadas del ‘50 y ‘60, «acompañando la máxima expansión del Estado benefactor”. “Luego comenzó un proceso de crisis en que comenzaron a observarse distintas posiciones, algunas más conservadoras, otras más progresistas y otras vinculadas a la recuperación de un canon perdido”. “Lo importante es ver cómo líneas coyunturales se suman a líneas anteriores. Siempre hay una hipótesis de que cuando uno llega funda todo y no se da cuenta de que llega a lugares donde ya hay lógicas armadas y lo que tiene que hacer uno es dialogar con ellas”.

Relatos e identidades
Entre los numerosos trabajos sobre historia, política y teoría de la educación Argentina y latinoamericana escritos por Pablo Pineau, se destaca su libro “Relatos de escuela”, una compilación de sesenta textos breves, algunos autobiográficos, otros ficcionales, sobre la experiencia escolar en nuestro país. El libro destaca la eficacia de la escuela en la conformación de las identidades y destinos de sus autores, entre los que figuran Miguel Cané, Roberto Arlt, Rodolfo Walsh, Osvaldo Soriano, Alejandro Dolina, María Elena Walsh, Charly García, entre otros.“La cultura de la Argentina, en el sentido amplio, se jugó muy fuertemente en el sistema educativo, contra la escuela, a pesar de la escuela, dentro de la escuela, pero casi nada sin ella. Este libro da cuenta de esto: cómo las mujeres lentamente van tomando la palabra y empiezan a plantear sus problemas; los pobres, los malos alumnos, las canciones de rock”.Junto con Inés Dussel y Marcelo Caruso escribió “La escuela como máquina de educar”, en el que examina el período de institucionalización de la escuela “pues se trata hoy de comprender mejor qué se derrumba para distinguir, entre los escombros, aquello que se desea conservar”.



Por PABLO MONTANARO
Fuente
http://www.lmneuquen.com.ar/
La Mañana Neuquen Argentina
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